Ser la niña parada en medio de la mesa

**Léase a discreción ya que se habla de temas sensibles como la violencia intrafamiliar.**

Se me ha presentado últimamente la pregunta ¿Porqué compartes tanto opiniones políticas? contenido social o de protesta, seguramente lo que comparto en mis redes ha incomodado a mas de uno.

Entonces, por supuesto esta pregunta me puso a pensar en lo difícil que es para mi callarme sobre temas políticos, religiosos y sociales. Me encanta hablar de lo que creo, incluso desde antes de saber que no sabía (ni sé) nada, no podía evitarlo y yo hablaba. Así también sobre cualquier cosa que en casa nos enseñaron a no hablar en la mesa, todo eso que no suele ser socialmente bien aceptado en una conversación.

Pues la pregunta me llevó a mi historia familiar, por supuesto, una historia en particular de la infancia de mi abuela paterna, Laura. La historia que voy a contar es importante contextualizarla en Torreón Coahuila al rededor de 1934-1944.

Mi abuela fue la hija menor de lo que ella recordaba como una pareja en la que la esposa era una mujer amorosa y alegre a pesar de que su esposo vivía con alcoholismo. Desde que era pequeña mi abuela fue testigo de la violencia verbal y física (golpes) con la que su papá agredía a su esposa, mamá de mi abuela. Mi abuela contaba que después de esas noches violentas en las que su mamá le pedía a ella y a su hermano siempre esconderse, amanecían para encontrar a su madre cantando boleros a la mañana siguiente mientras les hacía desayuno y lavaba los platos; mi abuela decía no poder entender de dónde sacaba alegría su madre después de vivir noches así.

Ella me contó que una noche escuchó llegar a su papá, entró gritando como siempre lo hacía cuando llegaba en estado de ebriedad; en ese entonces mi abuela habría tenido (según su recuerdo) entre 4 a 5 años de edad. Harta de tanta violencia mi abue esa vez no corrió a esconderse, tomó una sartén como escudo y se paró encima de la mesa para enfrentarlo, en un intento de defender a su mamá. Desde ese día mi abuela recordaba cómo olvidó el miedo que había aprendido a tener cuando su papá llegaba en esas condiciones, yo creo que el miedo más que olvidarse se transformó con el tiempo en otras cosas, pero el hecho fue que para ella era insostenible seguir escondida.

Pienso que a esa edad mi abuela que fue criada con amor por su madre solo concebía el sartén como escudo en ese momento, jamás le enseñaron que también era arma, quizás su mamá no imaginaba como una opción continuar con el círculo de violencia.

Esa noche, y solo esa noche, la sorpresa de ver a su hija con un sartén, arriba de la mesa delante de su madre fue suficiente para que, según me contó mi abuela, su padre decidiera no golpear a su madre esa ocasión. Mi abuela intentó esa estrategia varias veces y aunque no siempre funcionaba y su mamá le rogaba que no lo hiciera, el hecho es que a ella le daba cada vez menos miedo revelarse de esa forma. Alguna vez pregunté a mi abuela si subirse a la mesa le había costado algún golpe, sinceramente no recuerdo una respuesta clara, solo tengo claro que su mamá siempre defendía a sus hijos cuando era necesario.

Esta es sin duda una historia difícil; común, pudiéramos pensar si vemos estadísticas. A mí en lo personal me marcó entender que vengo de esa niña que se paró sobre la mesa. Automáticamente lo relaciono con mi dificultad para quedarme callada. Para mí, fuera del resultado, fuera de los riesgos, dejando a un lado cualquier otra cosa, esa decisión de pararse sobre la mesa con un sartén como escudo significa decidir cómo y con qué herramientas queremos navegar en este mundo lleno de horrores. Para mí subir a la mesa es tomar una postura ante aquello que pasa en el mundo. Es decidir ¿cómo queremos vivir? (fuera de que podamos aceptar o rechazar algo). Hay belleza en reconocer a consciencia nuestra manera de enfrentarnos al mundo.

Creo firmemente que tomar una postura dice todo sobre las cosas que normalizaremos en nuestra vida, y sobre las cosas que no. Es tener la humildad de reconocer que hay cosas que no podremos detener solo por tomar una postura, pero ejercer nuestro juicio para decidir desde dónde y cómo quiere uno enfrentarse a esos males.

Y bueno ya que hablé sobre el origen desde el cuál me es tan urgente el posicionarme sobre algunos malestares de la sociedad, voy a hablar sobre los 2 puntos por los que luego comparto mis posturas:

La parte de la historia que nunca le pregunté a mi abuela fue: ¿qué pasó con su hermano esa noche en que mi abuela se subió a la mesa con un sartén? Hoy pienso que si él estuvo ahí para ver la escena, seguro también tuvo la oportunidad de expresar lo mucho que él también estaba en desacuerdo con la violencia hacia su madre. Si hubiera decidido ó no hacerlo, no lo sé, a su hermano yo nunca lo conocí, pero en la historia de mi abuela veo cómo al pronunciarse ella pudo también abrir ese espacio para su hermano.

Creo importante compartir porque afuera hay personas protestando, tomando diferentes medidas o acciones al rededor de los males que nos aquejan como sociedad. Y entonces al igual que el hermano de mi abuela pudo haberlo hecho, yo decido tomar ventaja de ese espacio que personas valientes han abierto para expresar mi desacuerdo junto con el de muchos que se encuentran en la misma postura que yo. Si bien no todos podemos ir y protestar juntos siempre, sí podemos hacernos un espacio seguro para aquellos con los que compartimos creencias y valores, ¿y cómo van a saber los otros que no están solos si nos quedamos callados? Acompañar.

Sin necesariamente opinar (ya que a veces uno no quiere aún llamarlas opiniones porque se están formando todavía ó documentando, y creo está bien) creo que se puede ver una postura clara el estar a favor o en contra del g3 n 0 c 1 d1 * en Gaza, a favor o en contra del trato violento hacia los migrantes en EUA, a favor o en contra de la invasión extranjera, a favor o en contra del ext3rm1n|º o del borrado cultural, a favor o en contra de la desigualdad (del pobre es pobre porque quiere)…

Y el segundo motivo por el que comparto mis posturas es, por las conversaciones. Porque sean a favor o en contra es hermoso tener conversaciones sobre los temas que me importan. Desde muy joven, cuando aún tenía ideas que hoy encuentro totalmente equivocadas siempre me encontré teniendo conversaciones sobre estos temas. Agradezco tanto esas conversaciones en donde no supe callar, y aún cuando las opiniones eran opuestas conocí a grandes amigos. Conversaciones gracias a las cuales encontré motivación para investigar más sobre el tema. Conversaciones que me llevaron a leer para cambiar de opinión. Conversaciones que al final nos lleven a formar la postura que mejor nos parezca.

Muchas veces la pregunta de porqué comparto contenido que expone mis posturas viene acompañada de crítica hacia lo que otros creen ser mi intención: «es que no importa, no va a cambiar nada por compartir un post» o «que fácil creer que vamos a cambiar el mundo desde la comodidad de nuestras redes». Y la verdad es que sería más fácil quedarme callada y no recibir esos comentarios.

Comparto lo que me mueve, porque prefiero que la gente sepa que si quiere hablar de Salinas Pliego, Milei o Kast conmigo no va a escuchar comentarios positivos sobre ellos. Yo no pretendo ni puedo creer en que la postura individual nos llevará a una especie de salvación mesiánica. Lo que si puedo creer y reconocer en mi propia historia es que tener bien claro el lugar desde dónde hacemos frente a las realidades tan complicadas de este mundo, me ha trasnformado la vida hasta hacerla un lugar en dónde es más amable habitar, conectar con otros que también buscan fortalecer y resistir de manera amorosa y respetuosa.

Mis opiniones y posturas políticas no son solo para expresar lo que me duele en el mundo que me rodea, es mi manera de honrar a esa niña que tomó su escudo y se subió a la mesa con la única seguridad de que era desde ahí de dónde se decidía a enfrentar a lo que viniera.